LAS ASANAS COMO VIAJE Y NO COMO DESTINO FINAL

¿Cuántos de los que hemos practicado yoga alguna vez o los que lo practicamos con asiduidad, nos hemos sentido frustrados porque no hemos podido realizar una postura hasta el final? ¿Cuántos hemos dejado de escuchar a nuestro cuerpo y lo hemos forzado más allá de lo que hubiera sido sensato? ¿Cuántos hemos mirado a la persona de la esterilla de al lado y hemos pensado que si ellos podían flexionarse hasta tocarse con las manos los dedos de los pies nosotros también teníamos que ser capaces? Creo que no estaríamos siendo sinceros si hemos contestado “yo no” a las tres preguntas anteriores.

Por desgracia, en Occidente donde vivimos muy pendientes de la apariencia externa de las cosas, muchos han creído que el hatha yoga (yoga físico) comprende la totalidad del yoga y que éste consiste en realizar una serie de asanas para que tengan un aspecto determinado independientemente de cómo haya sido la progresión que hemos seguido para realizarlas ni de lo que ha estado pasando en nuestro cuerpo mientras las realizábamos. En definitiva, hemos convertido “el hacer la asana” en el objetivo del yoga y el hecho de que proliferen las fotos de chicos y chicas con cuerpos esbeltos, en paisajes de ensueño, realizando posturas casi imposibles para una gran parte de los practicantes de yoga, la verdad que no ayuda a cambiar esa idea.

Personalmente, estoy de acuerdo con aquellos maestros que consideran que las asanas son más bien una herramienta que nos permite escuchar a nuestro cuerpo. Una herramienta que nos permite no solamente adentrarnos en esas sensaciones físicas, sino también a conectar con lo que nos pasa a nivel mental y emocional cuando practicamos distintas posturas, una herramienta que a través de esa escucha corporal a distintos niveles nos permite entendernos.

Es más, el verdadero aprendizaje hacia el estado de yoga se hace cuando somos capaces de trasladar a nuestra vida diaria, las sensaciones que sentimos cuando practicamos yoga. Por ejemplo, cuando somos capaces de relacionar la frustración que sentimos al no poder hacer una postura con la frustración que sentimos ante ciertas situaciones cotidianas y poder desde ese lugar investigar el por qué sentimos esa frustración y qué podemos hacer al respecto. El yoga por tanto tiene un carácter terapéutico, sanador.

Cuando sólo nos fijamos en el aspecto final de nuestra asana, estamos confundiendo el mapa con el territorio, pues aunque desde fuera la postura parezca ejecutada correctamente, los únicos que realmente sabemos lo que estamos sintiendo en esa postura, los únicos que estamos en el territorio, somos nosotros. Los que nos fijamos en la postura final estamos viviendo el yoga como un destino y no como el viaje que nos lleva a ese destino. A menudo en yoga, menos es más. En la ejecución de la asana, vale la pena pararse a mitad de camino, sentir si el cuerpo se afloja o por el contrario se tensa y actuar en consecuencia; y sobre todo no empeñarnos en hacer la postura hasta el final porque normalmente la hago. Hay que respetar los límites del cuerpo cada día y al igual que hay veces que no como algo que normalmente me sienta bien porque tengo la sensación que ese día no va a ser así, en yoga tengo que saber distinguir cuando no voy a ir más allá en la postura aunque pueda porque siento que no me va a beneficiar y va a entorpecer mi escucha corporal.

Para terminar os dejo con una reflexión de T.K.V Desikachar que define mi modo de ver el yoga y que intento trasladar a las personas que asisten a mis sesiones: “el éxito del yoga no reside en realizar las asanas, sino en cómo el yoga te ayuda a cambiar de manera positiva la forma en que vives tu vida y tus relaciones”

 

 

 

 

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